“BONES : LOS PATOS ALINEADOS A LAS 4:47”

Doce años después de su inicio, Bones se despide por la puerta mediana. Ni grande ni pequeña. En este artículo quiero repasar no solo los dos últimos capítulos, sino el respeto y cuidado que (casi siempre) la serie ha tenido por sí misma.

Lo confieso, no veo Bones desde hace 12 años. La cogí cuando ya llevaba un par de temporadas en antena y entera la he visto otro par de veces, desde que tuve la oportunidad de ver aquel “I can be a duck” del famoso episodio piloto. Me enganché. Desde entonces han pasado explosiones, entierros de vivos, muertos resucitados, asesinos en serie despiadados, confesiones románticas, bodas, el baby boom del Jeffersonian, hijos que aparecen y desaparecen, pero, sobre todo, huesos. Huesos de todas las formas y tamaños posibles encontrados en todas las maneras asquerosas que os podáis imaginar. De hecho, el creador Hart Hanson se partía la caja hablando de lo mucho que le gustaba encontrar formas repulsivas de colocar los huesos. Doy fe. Con lo que no contaba es con que me acabé acostumbrando tanto a ver situaciones repugnantes que ya disfrutaba de mi serie hasta comiendo. Porque sí, Hanson, se puede ver la serie comiendo. Soy el mejor ejemplo de ello.

Bones ha sido, aunque excesivamente larga, una buena serie. Hubiese ganado mucho más si hubiese durado menos, pero esto tampoco le ha hecho tropezar demasiado. Coherente consigo misma, con los fans y hecha por personas que entre ellas se llevaban bien y trasladaban el buen rollo al set, aunque seguramente estarían hasta  los mismísimos de verse las caras todos los santos días. Nunca pretendió ser más de lo que es: un procedimental de asesinatos que en un principio se basaba en el clásico “Will they/Won’t they” y que después terminó de evolucionar para ser esa serie que vemos porque nos hace sentir en casa. Y, creedme, después de 12 años, Bones era como ver a tu familia. Los conocías, sabías qué iba a dar cada uno de sí y te dejabas sorprender por sus historias y por las pruebas que les ponía la vida. Llorabas por los que se iban y estabas encantado por los que venían. Squinterns nuevos, Aubrey, Max otra vez, los críos… Todo formaba parte de un cosmos del que, en el fondo, nadie quería despedirse. Pero siempre toca el adiós para algo que produce el dinero y ese día ha sido hoy.

Curiosamente, tras ver el final de Castle y su horrible última temporada (tenéis mis críticas en la página), no sé por qué esperaba que, de repente, todo saltase por los aires y se convirtiese en una mierda impresionante que me dejase con el corazón roto. No ha sucedido así. Si bien esta claro que han vuelto a sacar a relucir el tema Kovak por finalizar la serie con una historia que tocase en lo más hondo tanto a Brennan como a Booth y a la audiencia (yo no me olvido de la muerte de Max, no sé vosotros), lo cierto es que la muerte del sujeto ha sido aún más estúpida que la de Pelant, porque esa todavía tuvo alguna emoción. Aquí el amigo prácticamente se ha suicidado después de poner una bomba que ha volado todo el Lab. Porque sí, amigos, el Lab, nuestro Lab, el centro de todo, el que al principio tenía unas plantas de fondo y un sitio donde tomar café, ha saltado por los aires.

La historia central, el final del arco Kovak, ha sido un completo desastre, pero no importa. Lo maravilloso ha sido aquello que siempre ha destacado como la pieza sobresaliente de Bones: sus personajes. El laboratorio se ha desparramado en pequeños pedazos a la vez que la mente de Brennan. Ambos se han descompuesto y se han desordenado. El paralelismo era obvio. Por primera vez en toda la serie, han despojado a Brennan de sus rincones íntimos donde se refugia cuando no puede más: su mente queda dañada por un traumatismo y, por un tiempo, deja de ser brillante, ya no tiene laboratorio ni despacho y los huesos están tan desordenados que ella, en ese estado, no puede hacer nada con ellos. Encima, un asesino intenta cargársela a ella y a su familia y no puede recordar cuál era la clave que había encontrado para resolver el entuerto. Está perdida como un cervatillo. Para ella, su característica principal es su mente y sin ella no sabe quién es. Nuevamente, nuestra doctora se olvida de que no está sola, que desde el día uno de la temporada uno tiene a Booth ahí, con ella. Y ella ya no es independiente de él, sino que ahora ambos forman una combinación perfecta e indisoluble que a la Brennan antigua le hubiese hecho correr hasta Brasil, pero que a la de ahora le reconforta y le da un motivo para seguir intentando sonreír. Ella ya ha demostrado que es muchas cosas más que ese grandioso cerebro suyo. Ha probado ser aguda, irónica, compasiva, leal, amistosa, romántica, maternal, en ocasiones empática, graciosa, sensible y fuerte. Ya no es solo una cerebrito. Es mucho más. Y aunque en ocasiones la serie se haya desviado o estancado respecto a su evolución, en este capítulo podemos verla perfectamente. Es eso lo que nos ha apoyado en 12 temporadas y es eso lo que más nos reconforta: Brennan antes era Brennan, pero ahora también lo es y somos capaces de reconocerla igualmente. Ha cambiado, ha madurado, ha crecido y nosotros lo hemos visto. Y no por ello ha dejado de ser nuestra.

Tengo que alabar igualmente a dirección (especialmente del penúltimo capítulo) y guión. Si bien han metido la pata a base de bien en varias ocasiones a lo largo de 12 años (y quién no lo haría), su coherencia, cohesión y respeto por los personajes y por los fans es envidiable. Ya la quisieran otros para sí. O, mejor dicho, ya quisiéramos nosotros que otros la tuvieran. Si bien el penúltimo capítulo solo era un preludio o un mero relleno del final, han sabido resolverlo con gracia, con muchos puntos de vista que iban tejiendo la historia y, aunque el final culminatorio no es del todo satisfactorio, cumple con su cometido, dejándonos con la boca abierta. Y es que el Lab por completo nunca había explotado, solo pequeñas partes y que conste que aquellas de las que fue responsable Hodgins no cuentan.

Pero, además de todo esto, tengo que mencionar el final. Ese final. Escaleras con capuccino. La pareja mirando al Jeffersonian. Los recuerdos. Las fotos, los dibujos, el cerdito, la goma de Hodgins en la muñeca. Vincent. El libro de Sweets. Que Zack no se libre al 100% de su pena para dar coherencia al arco de Gormongon. Michelle. Parker en el dibujo. Caroline pidiéndole a Booth que no se mate de una forma poco ortodoxa. KING OF THE LAB. Y el final de ella tras de él. Poniendo los patos en su sitio. Con el reloj parado a las 4:47 donde todo se acabó. O empezó. Nunca lo sabremos. Pero a mí me han regalado un buen final donde he reído y llorado de emoción. Bien hilado, bien montado. Los boneheads bonesianos nos lo merecíamos. Así que solo puedo decir GRACIAS a todo el equipo por su trabajo. Os echaremos de menos.

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