Tal y como vaticinábamos la semana pasada, en este capítulo de Outlander se han sucedido hechos que tienen toda la pinta de trascendentales para lo que resta de temporada. ¿Los repasamos?
Bueno, para empezar, Claire y Jamie han roto el huevo, o lo que es lo mismo, se han acostado por fin, después de que ella se atreviese a confesarle que Black Jack Randall sigue vivo. Y la verdad, yo entiendo la postura del escocés: es mucho mejor pensar que puedes ser tú quien pueda darse la satisfacción de quitarle la vida al bastardo que te violó a considerar que lo mató una manada de vacas al pasarte por encima. Es como más digno. Así, Jamie se puede cobrar todas las afrentas una por una, lo cual tiene que ser muy gratificante porque ya son varias y gordas. El hombre se lo toma bien y, digamos, recupera sus ganas de vivir… aunque en manos de una prostituta de un burdel, cosa que a Claire no le hace ni puñetera gracia. El pelirrojo se empeña en aclarar que no hicieron nada, por activa y por pasiva, pero claro, el follón ya se ha armado. Debo decir que esa escena es magistral. Es un fantástico duelo de egos entre la pareja que la cámara sabe aprovechar. La presencia en escena de ambos es soberbia, pesada, hace ruido. Los enfoques a la cara, los gestos, la oscuridad, la luz… todo ayuda a la trascendencia del tema que se toca. La situación comienza siendo graciosa y termina tocando palos muy duros, profundos y gravitacionales para un ser humano. Ambos se calibran, yo diría que se ven, por primera vez desde que Jamie sufrió su desequilibrio.
Y hablando de desequilibrios, el peor quizá es el que se ha llevado la pobre, dulce e introvertida Mary. Por fin parecía que iba a salir del cascarón y, de repente, dos encapuchados deciden violarla mientras va por la calle, acompañada de unos Claire y Murtagh que no pueden hacer nada por evitarlo. La chica queda muy traumatizada y tienen que llevarla en volandas a casa de los Fraser donde, por un error tremendo, todos piensan que el responsable de la violación es el bueno de Alex Randall, que solo quería cuidarla y protegerla y que, al contrario que su hermano, parece no haber roto un plato en su vida. No sé si le acusarán formalmente, pero desde luego, Mary ha quedado bien expuesta en esa sociedad hipócrita. Al final todo termina en una pelea que entre Jamie y Murtagh solventan sin demasiado problema. ¿El responsable de todo este asqueroso entuerto? Pues al parecer el maldito Count Saint Germain, aunque no haya pruebas que lo demuestren.
Porque el condecito de marras no es solo responsable de lo que le ha sucedido a Mary, también de intentar envenenar a Claire mientras Jamie jugaba al ajedrez con el ministro de finanzas. Nuestra forastera casi pierde al bebé y el conocimiento, de paso. El tío este está demasiado dolido por un barco, creo yo. Cuatro trozos de madera no equivalen a nosecuantas vidas humanas, pero bueno, el tío es un ser vengativo y poco misericordioso semejante a una serpiente: silencioso pero mortal. Además, sus caras, sus expresiones hacia Claire son siempre muy desagradables pero a la vez muy intensas. El actor se mete a la perfección en la piel de semejante hijo del mal y parece que siempre tiene una pose correcta con la que cada vez da más asco. No es Randall, pero es fantástico igualmente. Espero que todavía le quede muchísimo juego que dar.
En otro orden de cosas, vuelve a aparecer de nuevo el inefable Bonnie Prince pero en esta ocasión conocemos algo más de su personalidad, algo que, desde luego, lo convierte en un ser muy interesante: es el amante de Louise y el padre de su hijo bastardo, del cual ella en un principio planea deshacerse. Al final, Claire le convence de que lo haga pasar por hijo de su marido, a pesar de la reticencia inicial de ella, que dice que su amante nunca se lo perdonará. Y efectivamente, porque en la cena organizada por los Fraser el príncipe se sale de tono unas cuantas veces ante la presencia de la coqueta mujer y, quizá, con un poco de suerte, ha logrado que Sandrigham le mire como el colgado que es. La verdad es que es un tipo que se va haciendo cada vez más insufrible a medida que avanza la segunda temporada. Es egoista, ególatra y, como ya dije en la anterior crítica, es de esos fanáticos que tiene la manía de pensar que, sacrificando gente, cumple los mandatos de Dios. Cómo se nota que no era él quien tendría que morir en la guerra. Tal y como dice Claire, tanto Louise como el aspirante viven en un mundo de fantasía que al final va a terminar por alcanzarles.
Cuestiones de vital importancia que merecen respuesta: ¿Cómo puede el marido de Louise ser tan idiota? ¿Por qué hasta la mujer del conde me da mala espina? ¿Por qué creo que el herbolero sabe de sobra que Claire es una viajera del tiempo, por muy raro que suene? ¿Por qué el príncipe Charlie cada vez es más molesto, repelente y abominable? ¿Por qué ha dejado de importarme demasiado el destino de Frank, si es un amor? ¿Cómo me puede caer tan bien Alex Randall siendo hermano de quien es?

